El amor desenterrado

Durante el transcurso de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del 2012, estuve presente en una conferencia sobre literatura sudamericana, en la cual se elogió a un escritor ecuatoriano cuyo nombre fue Jorge Enrique Adoum, a quien se le conoce con el apelativo de “El Turco”, y del cual se aludía su obra “El amor desenterrado y otros poemas”, del cual he encontrado un fragmento del homónimo libro con el que se le brindaba el respectivo homenaje. Una reflexión sobre una particularidad de la vida, una anécdota sobre el amor que se ha presentado en el poblado de Mantua (Los que han leído Romeo y Julieta recordarán ese nombre).


El amor desenterrado

Cuál de los dos murió primero 
callando ante la verdad de los cuerpos que dialogan
en esta antigua tragedia anterior a la tragedia antigua,
porque cómo se hace -avisen, habría que decírselo a todos
para morir juntos sin desclavarse,
interminable hazaña nupcial no repetida
porque desde entonces ya no supimos cómo.
Cuál pudo ver en el otro, espiándole por partes, la agonía,
en qué momento se truncó el arco que describe el deseo
antes de terminar con el vencedor besando agradecido la ingle en despedida
y quedarse así con la pierna detenida para siempre en el viaje a la
entrepierna
(lentitud de quienes adueñándose del gozo se adueñaron del tiempo)
por donde pasa el viento áspero de la península con sus toallas de arena
cada mañana después de cada noche de ese ensayo general de los actos del acto.
(¿O fue un acto inacabado,
palabra que la muerte detuvo en la primera sílaba,
tantas veces repetida por nosotros hasta ahora y tartamuda,
creyendo cada vez que es una muerte pequeñita,
contentos como quienes bailan esas danzas
cuyo origen ritual han olvidado?)
Amaos por favor, seguid amándoos
vorazmente insatisfechos por los siglos de los siglos de los siglos,
no desateis la inicial inmemorial amarra
porque qué nos restaría de esta amorosa e insolente estatua,
ni cómo iríamos a comprobar que álguienes se amaron
si de pronto estos huesos polvo fueran,
deshaciéndose en la tardía sacudida del espasmo
cien siglos después de haber comenzado apenas a tocarse con los dedos los
labios
y nos quedáramos así sin pruebas
de que existió la eternidad un día.

Imagen obtenida de http://blogdegabrielasalazar.blogspot.mx/

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